Crónicas

emac.2020: el festival supera toda expectativa en su quinto aniversario

El festival emac. de Borriana celebró del 14 al 16 de febrero su quinto aniversario. Tras la consagración del evento en las últimas ediciones, el año 2020 suponía dar un paso en la búsqueda de un mayor número de asistentes de distinto perfil. Con varios platos fuertes durante las tres jornadas, las sensaciones que ha dejado el emac.2020 han sido muy positivas, con una gran concurrencia general en el CMC La Mercé.

La jornada del viernes tenían como protagonistas a Califato ¾. El colectivo nacido a partir del sello Breaking Bass era una de las grandes incógnitas de la edición. Con solo tres conciertos celebrados previamente (todos en Sevilla el finde anterior y con sold-out), las expectativas que se habían generado en torno a su actuación eran muy altas. A esto había que sumarle la decoración del escenario, que ya dejaba pistas de lo que vendría después: un estandarte parecido a los de las cofradías, una torre de sillas con un manto de sevillana, una pantalla, una mesa con manzanilla, el tablao… El concierto arrancó con una introducción de electrónica y visuales que evocaban a distintas señas de identidad de la cultura andaluza y andalusí. En estas imágenes, que fueron constantes durante todo el concierto, se podían ver desde ilustres andaluces como Blas Infante a imágenes de vírgenes, jornaleros, procesiones de Semana Santa, etc. Y justo con Crîtto de lâ Nabahâ, tema que evoca a las marchas procesionales, apareció toda la banda, con The Gardener emergiendo entre un público entregado y prácticamente en pie. La actuación fue una fiesta continua, como un cruce de caminos entre la feria y la rave, con tanto detalles y tantas referencias que se podría escribir una Biblia solo sobre su concierto. Califato ¾ desgranó su álbum, Puerta de la Cânne (2019), que bebe del flamenco pero también del rock, la electrónica y el hip hop, dejando también espacio a su faceta más footwork y dub de L’ambôccá (2019) o incluso a atreverse con el Así Me Gusta de Chimo Bayo. Y aunque el colectivo reivindicó su propia identidad, también tuvo ocasión de hacer alusión a la valenciana. Tras el concierto en el Anfiteatro, la sensación que dejó Califato ¾ fue que no solo había puesto el listón muy alto para el resto del emac., sino para el resto del año.

María Yfeu. Fotografía de Iván Segura.

Pero lo que fue todo un fin de fiesta el viernes, podría haber sido una tragedia. Durante la actuación de los valencianos Petit Mal, encargados de abrir el festival, los cortes del suministro eléctrico se sucedieron durante varios instantes, obligando al grupo a reducir su listado de canciones. Llevado con el mejor humor posible, el cuarteto se movió a través de un pop pausado de corte melancólico, incluyendo más profundidad a través del violín y melodías más folk con el banjo. Le siguió María Yfeu en formato dúo con el teclista Julio Martín. La cantautora llenó todo el edificio con su impresionante voz, tal y como habían hecho en ediciones previas artistas como Maria Arnal o María José Llergo. Su soul jazz se quedó corto de instrumentación, dejando una visión muy intimista de lo que podría llegar a alcanzar su música. Aún así, brillaron temas propios como Let It Grow (Up) o Media Luz, que junto a la versión de Cuatro rosas de Gabiente Caligari supusieron el punto en castellano en su repertorio. Y justo antes de la traca de Califato ¾, Marcelo Criminal conquistó a más de uno durante su actuación. El artista murciano se ha convertido en un referente generacional del pop lo-fi a nivel estatal, sirviendo de influencia a músicos de distintos estilos musicales. La fórmula de su éxito radica en la empatía que consigue infundir con sus letras, ya sea a través del humor, el existencialismo o incluso el anhelo. De forma deliberada o involuntaria, Marcelo Criminal consigue crear un vínculo con el público durante su actuación, logrando que este se sumerja en su propio mundo.

Marcelo Criminal. Fotografía de Iván Segura.

Durante la jornada del sábado la acción pasó al Escenari Jardí. Tras los vermut mañaneros y la comida, los castellonenses Novio Caballo abrieron la tarde con su peculiar electropunk. Todo un acierto en la programación, pues la banda consiguió arrastrar a bastante gente pese a la hora. Con un Nacho Galí desatado, que no dudó en bajarse del escenario cuando tenía ocasión, el grupo presentó tanto los temas de su disco debut homónimo como otros por estrenar. Desde Mi Arte hasta Jesús es Negro, su legión de fans no pararon de cantar y bailar. Para el concierto de Lisasinson los asistentes se habían multiplicado en el jardín. Pese al nerviosismo inicial, la banda contagió su actitud desenfadada y, en cierta manera, punk (he ahí la versión de Aerolíneas Federales). Con solo tres temas lanzados a cuentagotas, Lisasinson no necesitó mucho más para meterse al público en el bolsillo. Cabe destacar la presentación de sus dos últimos temas, Atasco Casamiento, consiguiendo trasladar al directo la emoción que ya habían dejado patente en el estudio. Ambos temas sirvieron para entroncar un repertorio pop sólido que pide a gritos un disco debut.

Lisasinson. Fotografía de Iván Segura.

Yawners se convirtió en el gran reclamo del sábado, siendo el concierto más multitudinario del jardín. El grupo liderado por Elena Nieto se presentó en formato trío, cambiando así de registro tras la salida de Martín Muñoz. A Elena le acompañaron Teresa Iñesta a la batería y Tomás Rey al bajo. La primera conquistó desde el primer minuto al público con su contundencia en la instrumentación, mientras que las líneas de bajo sirvieron para dar más profundidad y base a los temas del grupo. Transformado en power trio, Yawners apabulló a través de canciones simples pero potentes, haciendo sonar actuales melodías que recordaban a finales de los 90s y principios de los 00s. El grupo presentó su disco debut, Just Calm Down (2019), junto a alguna canción de su primer EP (Fuck It). El concierto fue una escalada constante de intensidad, que acabó alcanzando su clímax en el tramo final gracias a unas muy coreadas Seaweed, The Friend Song y, sobre todo, La Escalera, que ya se ha convertido en todo un himno del panorama musical estatal.

Yawners. Fotografía de Iván Segura.

Uno de los conciertos que más expectativas generaron en esta edición fue el de Albany. Con menor afluencia de público que en Yawners, destacó una gran presencia de asistentes jóvenes que fueron exclusivamente al festival por la artista granadina. Sola en el escenario (The Look hacía de selector fuera de escena), pidió a sus fans que se mantuvieran cerca. Unos fans que no dudaron en darlo todo en temas como Nadie Perdona Que No Duela, donde sustituyeron con sus voces a Goa en el dúo. A pesar de los problemas con el micro y la memoria, el trap ha llegado al emac., que ya iba siendo hora.

Albany. Fotografía de Iván Segura.

Y la que acabó siendo la gran sorpresa de la tarde fue La Buena Nueva. Si Califato ¾ celebraban su cuarto concierto en Borriana, el de La Buena Nueva era el tercero. El proyecto liderado por Esteban (Esteban & Manuel) le daba una vuelta de tuerca a la música latina actual mirando hacia el pasado, teniendo como referentes géneros como la salsa y el merengue. Con un frontman incansable que llamaba al baile constante, los pies del público se rindieron ante los encantos de la banda, sirviendo como precedente a lo que sería el cierre de la jornada.

La Buena Nueva. Fotografía de Iván Segura.

La velada terminaría con la electrónica, como viene siendo costumbre en el emac. Primero con el dúo Kalahari, proyecto conjunto de BeGun y Ocellot que recogía el testigo de AKKAN. Con una puesta en escena muy similar a la que ofrecieron en el 2019, Kalahari se sumergió en una electrónica de fusión, más orgánica y menos exótica. Por su lado, BRONQUIO creó una auténtica rave a los platos. Santiago Gonzalo (nombre tras el proyecto de BRONQUIO) parecía estar en una sesión de footwork mientras mezclaba canciones. Sin parar de bailar, el músico andaluz tiró de influencias del hardcore o incluso trap en su mezcla de sonidos electrónicos, que viraban por senderos diversos como el dubstep o el mismo techno. Lo suyo fue un live! demoledor, que dejó al público dividido entre aquellos que se fueron a coger fuerzas para el domingo y aquellos que decidieron continuar con The Look y las sesiones de djs.

BRONQUIO. Fotografía de Iván Segura.

La jornada del domingo tuvo como plato fuerte la actuación de Rocío Márquez. Antes, abrieron la tarde Bonaire. El dúo formado por María Abellán y Javier Villalba mostraron la transición entre su trabajo pasado (Los Veranos) y futuro (Los Inviernos) con un pop de corte indie, tan inofensivo como agradable de escuchar de fondo. Más profunda fue la actuación de la artista estadounidense Emily Jane White. De la mano de Born! Music, su actuación supuso el punto internacional del festival. Repasando diferentes etapas de su trayectoria, la artista entremezcló pasajes más atmosféricos y oscuros junto a canciones que recogían influencias del folk pop y la americana. Estos cambios de registro quedaban patentes cuando la compositora enfatizaba más el teclado y voz en los primeros casos o la guitarra en los segundos.

Emily Jane White. Fotografía de Iván Segura.

Y si Rocío Márquez era el plato fuerte de la edición, La Estrella de David no se quedó atrás. Con una gran asistencia en el Escenari Amfiteatre, David Rodríguez mostró esa actitud apática que le caracteriza y que rodea sus temas tan costumbristas (e irónicos). Temas que llegaron a ser coreados por parte del público, tal y como se vio durante algunas de sus canciones más populares (Cariño La Primera Piedra, por ejemplo). Al final, David Rodríguez se vino como se fue: con pocas ganas pero querido por los asistentes.

Finalmente, la velada y el festival lo cerró Rocío Márquez ante una platea abarrotada. Con una multitud que recordó a la edición de Maria Arnal i Marcel Bagés, la cantaora onubense mostró por qué está considerada como una de las artistas más destacadas de la actual escena flamenca. Acompañada del maestro Juan Antonio Suárez Canito, que ofreció un sonoro recital de guitarra flamenca, Rocío Márquez repasó su último trabajo, Visto en el jueves (2019). Esta obra hace referencia a aquella música tradicional que consiguió rescatar en el rastro del jueves de Sevilla, a través de cassettes y vinilos, y que le motivó para hacer su personal homenaje. Con gran sentimiento, repasó romances, tangos o coplas; algunos tan conocidos como Se nos rompió el amor, tema que popularizó Rocío Jurado y que le inspiró a través de la versión de la Fernanda y Bernarda de Utrera. Tras varias sonoras ovaciones, cerró con un fandango a capela: Yo Soy Águila Imperial. Un tema que le sirvió para homenajear a El Carbonerillo y con el que cerró, de forma soberbia, la quinta edición del festival.

Rocío Márquez. Fotografía de Iván Segura.

Más allá de los conciertos

Además de tres jornadas de música en vivo, el emac. ofreció también una gran variedad de sesiones de djs y vermuts en la Plaza del Mercado, tal y como ya va siendo tradicional en el festival. Asimismo, durante la jornada del sábado, el festival se alargó hasta altas horas de la noche en el Naraniga de Borriana.

La faceta artística del festival, también acabó siendo un pilar importante de la quinta edición. Por un lado, por el emac.ex-hibition; una propuesta comisariada por Bárbara Ferri en la sala de exposiciones y que recogía propuestas plásticas de ocho jóvenes artistas. Por otro lado, el emac.art volvió a situarse en los aledaños del Escenari Amfiteatre. Con menor presencia de artistas que otros años, destacaron propuestas multidisciplinares de pintura y fotografía (Celia Barnert), propuestas fotográficas (Guillermo Navarro, el colectivo Austerity Photo ClubAndrea BallesterRuth Muñoz y Ángela Herraiz), de ilustración (Amparo Saera, Sara ArnauElsa MuroHacheIno Gra Fernando García del Real) o grabado (Jose GasLucía Moya). Todo esto junto a los talleres de Arquilecturas Carlos Balsega.

emac.art – Celia Barnert. Fotografía de Iván Segura.