Crónicas

Primavera Club 2018: cielo e infierno en la Apolo

Una vez más, el Primavera Club volvía en otoño a Barcelona para celebrar una de sus ediciones más prometedoras; no solo por peso en el cartel, también por diversidad de propuestas. Este año con una mayor y clara división entre la sala Apolo y La [2], que pese a estar en el mismo edificio parecía que llevasen una programación paralela. Del infierno y la locura que se vivió en La [2], al cielo y la luminosidad que supusieron los conciertos de la Apolo, solo había unas escaleras de diferencia. A continuación, repasamos dos de las tres jornadas vividas en el Primavera Club.

El festival arrancaba el viernes en el mismísimo fuego del averno con la caótica kinkidelia de Derby Motoreta’s Burrito Kachimba. Intentar hacer la crónica sin mencionar referentes como King Gizzard & The Lizard Wizard, el flamenco o Robert Plant sería un ejercicio completamente arduo. Y es que allí estaba Dandy Piraña, que con su voz aflamencada y su pose al más puro estilo Led Zeppelin conseguía hacer vibrar La [2] a través de su “micrófono-motocicleta”. El concierto ofrecido por el grupo sevillano fue pura energía durante toda su duración, con un ritmo fuzz y psicodélico que buscaba una mayor participación del público de la que realmente tuvo. Aunque hubo una gran afluencia de gente, los asistentes se mostraron bastante tímidos pese a lo que se estaba cociendo en el escenario. Parte de culpa puede que la tuviese la hora, y parte de culpa que solo hayan dos canciones del grupo en YouTube: Samrkanda y El Salto del Gitano. Con esta segunda acabarían el concierto por todo lo alto, con sus seis integrantes exhaustos y dando a entender que, una vez el debut haya salido a la luz, tendremos DMBK para largo.

Ya en la sala Apolo, el Primavera volvía a demostrar su compromiso con la escena local programando a Conttra. Con ritmos frenéticos que podrían recordar a los mismos Franz Ferdinand, la verdad es que no sonaron todo lo frescos que se podría esperar de ellos. Aunque temas como Drive You Home invitaban a bailar, la ejecución dejaba un poco frío, dejando la sensación de que faltan tablas. El mejor momento de la actuación llegaba durante la interpretación del tema Your Sister, de su disco debut, cuando todos los miembros rodearon la batería para formar un uno a la percusión. Un final dulce para no dejar un amargo sabor de boca al público.

Mucho más íntimos y pausados, ALASKALASKA congelaron el infierno que había sido La [2] con su pop calmado, adornado con teclados y, sobre todo, con pasajes de jazz como protagonistas, consiguiendo como resultado un estilo musical que se sale un poco fuera de lo común. Cabe destacar que, pese a que Lucinda John-Duarte llevaba el peso de la banda (y no vamos a quitarle méritos, su trabajo fue notable), fue el saxofón de Fraser Smith el que destacó durante gran parte del concierto, gracias a temas como Meateater, donde resonaba realmente potente en la sala. Y aunque puede que se hiciese algo larga la actuación al final, la forma tan distinguida de mezclar sonidos prevaleció y conquistó.

Si hubo un momento en el que la Apolo se convirtió en el paraíso, fue sin duda durante la actuación de la Orquesta Akokán. Con el vocalista cubano José “Pepito” Gómez a la cabeza, acompañado por sus doce músicos cual apóstoles, esta orquesta medio cubana y  medio neoyorquina transformó la Apolo en su propia pista de baile. Parecía una auténtica fantasía ver al público del Primavera mover sus pies y caderas con ritmos característicos del latin jazz o el mambo entre otros, pero es que la música latina está cogiendo cada vez más fuerza, y he aquí la prueba. Desde su homenaje a la deidad de Elegua de la religión yoruba hasta su Mambo Rapidito, su repaso por su debut fue extenso y sin tregua, en un jolgorio frenético que no dio pie al descanso. Sin ninguna duda, la Orquesta Akokán demostró que está a otro nivel.

Orquesta Akokán // Fotografía de Christian Bertrand

Uno de los peores puntos de esta edición del Primavera Club, sobre todo en comparación a la anterior, es la de los solapes que se sufrieron durante las jornadas. Uno de tantos fue el de Louder Than Death y Tirzah. El primero es otro de los proyectos del enérgico King Khan, que buscó convertir La [2] en un oasis garagero. Aunque actitud no le falta, el producto final no llega a la calidad que nos tiene acostumbrados con los Shrines o el BBQ Show. La sensación que dejaba es que el concierto ya lo habíamos vividos antes y que posiblemente nos estábamos perdiendo algo más interesante en la Apolo. Y aunque sobre el papel se podría decir que sí, ya que Devotio(2018) es un gran disco, la decepción fue mayúscula. Tirzah demostró cómo cargarse un buen trabajo en directo, con una propuesta que buscaba ser íntima desde una perspectiva fría y distante. Poco ayudaba también el horrible runrún que reinó en la Sala Apolo durante la gran mayoría de los conciertos y que incluso se alzaron sobre la voz de Tirzah en este caso. Poco a destacar de la que parecía ser una de las grandes promesas del R&B más experimental.

Mucho más acertado, y callando también la constante cháchara del público, sería el concierto de Boy Pablo. A diferencia de otros artistas con los que se le ha relacionado (Mac DeMarco, Yellow Days, Gus Dapperton y un largo etcétera), Boy Pablo destaca por ser más una banda que un solo artista. Sí, Nicolás Pablo Muñoz es el icono y centro del grupo, pero sobre el escenario todos los componentes tienen su protagonismo (y si no que se lo diga a Eric; el teclista no paró quieto un momento). Además, su interacción con los asistentes fue constante, ayudándose de que la lengua materna de Pablo sea el castellano. El concierto resultó realmente divertido, consiguiendo que canciones tan luminosas y apacibles como Everytime Losing You fuesen coreadas y bailadas por el público. El momento de mayor éxtasis se alcanzaría al final, cuando Boy Pablo conseguiría mediante el tema Dance, Baby! poner totalmente patas arriba la Apolo.

Boy Pablo // Fotografía de Christian Bertrand

Y para rematar la noche, ¿qué mejor que ahondar en el folk turco de los 70? Altin Gün fue sin duda una de las propuestas más exóticas de esta edición del Primavera Club. Su sonido es un matrimonio entre el rock occidental y folclore psicodélico turco del siglo pasado, dando como resultado canciones adictivas que invitan a perderse entre los teclados, el saz o las voces de Merve Desdemir y Erdnic Yildiz Ecevit. Un grupo con una grandísimo virtuosismo musical (entre todos sus integrantes) al que se le quedó pequeña la sala. Queda por ver el recorrido de una banda con un estilo tan peculiar. Lo que es seguro es que el público se quedó con un buen sabor de boca de un grupo que, ante todo, consiguió llamar la atención.

En cuanto a la jornada del sábado, esta destacó por su eclecticismo y por la fuerte presencia de la música urbana y las nuevas tendencias. Uno de los exponentes de la noche fue serpentwithfeet, el cual buscó llevar a La [2] una propuesta muy intimista. Con mucho abuso de las bases pregrabadas, su voz fue la total protagonista a la hora de presentar su debut, soil (2018). Irónico y profundo, le faltó pegada para conectar del todo con un público respetuoso y ciertamente atento. Además, prácticamente a la misma hora tendría lugar el concierto de Crumb. Mucho más accesible, el sonido lisérgico de la banda neoyorquina empapó las paredes de la Apolo. A pesar de que los graves no terminaron de sonar del todo bien, la frontwoman Lila Ramani supo imponerse con su cristalina voz y sus rasgueos de guitarra. Su paso por el Primavera Club era también su debut en el país, dejando la sensación de que no será el último.

Poco después, también en la Apolo, actuaría uno de los “cabezas de cartel” de la jornada: Hop Along. La banda de Philadelphia, que no dudó en sacar pecho de que su procedencia, demostró su veteranía y experiencia sobre el escenario. Desde que arrancasen con How Simple, single de su último trabajo, Bark Your Head Off, Dog (2018), la tremenda voz de Frances Quinlan se haría dueña y señora del festival y, si se apura, de Barcelona entera. Dulce pero potente, belicosa pero rasgada… sin duda, un instrumento más que se conjugaba a la perfección con el sonido del grupo. Un sonido que bailaba a diferentes aguas, desde el indie rock hasta el blues norteamericano o pasando por el emo. Un sonido donde la guitarra de Joe Reinhart también tendría su protagonismo, pues se marcó varios de esos solos que consiguen arrancar el aplauso de todo el público. Hop Along repasó toda la trayectoria de la banda, desde sus inicios más emos (Tibetan Pop Stars) hasta su último trabajo, mucho más pop (Somewhere a Judge).

Hop Along // Fotografía de Dani Cantó

Como nota discordante, es importante hacer un apunte a un detalle que ocurrió durante el concierto de Hop Along entre el público. A mitad de la actuación un grupo de actores atropelló con todo para ponerse en las primeras filas del lateral izquierdo y hacer una especie de spot publicitario durante el resto del concierto con todo lo que esto conlleva: comentarios, bailes y movimiento que no pegan con la música, una gran cámara que tapa la visibilidad… Realmente en estos casos no se sabe muy bien a quien culpar, pero quizá la organización debería hacer un poco de autocrítica y preguntarse si realmente es necesario molestar a los asistentes y los fans de esta manera. Claro que se pueden grabar anuncios durante un concierto pero, ¿es realmente indispensable hacerlo en las primeras filas con más de 5 actores hablando y una cámara? Y más teniendo espacio de sobra en la parte de atrás del público. Ahí dejamos la cuestión.

Tras el concierto de Hop Along, el Primavera Club viraría hacía el infierno total con una triada mortal en La [2]. Con una tremenda energía, JPEGMAFIA arrancó los primeros saltos y pogos de la noche entre el público. El rapero norteamericano Barrington DeVaughn Hendricks acabó empapado de sudor después de un espectáculo donde no paró de moverse (incluso entre el público). Tiene mérito que, con todo el despliegue físico que hizo, pudiese rapear con una fluidez tan natural, siempre acompañado de unas bases experimentales y chocantes para el género. El artista tuvo una gran conexión con los asistentes durante todo el concierto y no dudó en pararse a hablar con sus fans al acabar.

Si hay una palabra para definir lo que slowthai hizo en La [2] durante el Primavera Club esta podría ser caos. El joven rapero inglés, acompañado de su alborotador enmascarado, pusieron patas arriba la sala desde el primer minuto. Nada más empezó a sonar el tema GTFOMF, slowthai ya estaba entre el público encarándose a los asistentes al grito de “GET THE FUCK OUT MY FACE”. Aquello no sería más que una advertencia de lo que vendría después: ritmos vertiginosos, pogos constantes y auténticos momentos de “pánico”, ya que tanto slowthai como el alborotador se movían por toda la sala con plena libertad. Ejemplo de ello fue ver a slowthai en lo alto de la barra del bar o al alborotador colgado de un hierro del techo. No obstante, cabe destacar que el rapero no estuvo cómodo del todo (pese a mostrar su cariño por el público de vez en cuando), llegando a parar un tema cuando le “comieron” los pogos. Falta de experiencia en los escenarios que se compensa con un show anárquico y rebosante de energía, con un final delirante al ritmo de la magnífica T N Biscuits.

slowthai // Fotografía de Dani Cantó

Finalmente, sería Flohio la que acabaría con la locura de La [2]. La rapera se bastó de ella sola, pues esta vez el alborotador (si no era el mismo por lo menos iba igual de encapuchado) se quedó tras la mesa de mezclas para darle todo el protagonismo a ella. Con un ritmo mucho más vertiginoso que slowthai, también puso a bailar al público, aunque dejando la impresión de que no hubo tanta conexión con los asistentes. Concierto breve que le sirvió lo justo para presentar su Wild Yout EP (2018) y dejar, de forma general, buenas sensaciones.